viernes, 1 de febrero de 2013

Hasta siempre, adios

Anoche soñé contigo. Estabas de espaldas, ibas andando, alejándote de mí. Me quedé un rato observándote. Siempre me ha gustado. Tu forma de caminar, los movimientos de tu cuerpo, algo felino en ocasiones.

Estaba disfrutando de la visión cuando sentí un vuelco en el estómago, una punzada de miedo, pánico diría yo. Te marchabas, te alejabas, te... ¿perdía? Dije tu nombre con miedo y seguiste andando. A lo mejor no me ha oído, pensé, así que te llamé más fuerte, casi gritando.

Te paraste. ¡Bien! Pero no te diste la vuelta. Estuviste unos segundos ahí, bajaste la cabeza y seguiste andando. Quería acercarme a ti y preguntarte qué tal estabas, a dónde ibas o cualquier otra cosa con tal de que no te fueras. Pero ya sabes lo que pasa a veces en los sueños: no podía moverme. Por más que quisiera no era capaz, como si mis pies estuvieran hundidos en el barro.

Seguías andando, sin querer darte la vuelta, te alejabas, te ibas. Te alejas, te vas.

Anoche te dije adiós, anoche me despedí de ti, anoche te solté y solté mi carga. Sí, te libero y me libero.

Pero yo haré algo que tú no hisciste. Me estoy despidiendo, te digo adiós, hasta pronto, buena suerte en tu camino. Quizá algún día nos volvamos a encontrar. Puede que volvamos a caminar juntos un trecho. Me ha gustado tu compañía y espero que podamos repetir. Que tus pasos sean firmes y te lleven ahí donde quieres llegar. Adiós, hasta pronto.