Las cosas no iban bien. La falta de recursos económicos, digan lo que digan los expertos en estos temas, lleva a la creación (vale, los creamos nosotros) de miles de otros problemas derivados. Un día vio el anuncio y se lo comentó a ella. Podía ser la oportunidad que estaban esperando. El creía que sería la respuesta y la solución definitiva: ¿por qué no romper con todo y empezar de nuevo lejos? No tan lejos como para perder el contacto con la familia y amigos, pero sí lo suficiente como para no ver a ninguno de aquéllos (entonces así lo creía) indeseables que les rodeaban. Sería una manera de no ver las caras de acreedores, enemigos, personas con las que hubo problemas, otras a las que se falló... Una manera de "escapar" de esa nube opresiva y asfixiante que parecía rodearlo todo.
Ella dudó. Como buena mujer que era lo primero que hizo fue pensar de manera práctica y, ante las fotografías publicadas en internet sobre el entorno, pensó que harían falta botas de nieve para los niños y cadenas para el coche. Impensable irse allí sin las cadenas. A pesar de que estaban en el mes de abril casi alcanzando ya el soleado mayo lo primero que pensó fue en las botas y las cadenas. De hecho, ni siquiera se planteó qué pasaría con el negocio, si era bueno o no. No se preocupó de qué sería de los niños allí (aparte de que necesitarían botas, claro). Tampoco pensó en la mudanza, ni en qué iban a hacer o a esperar en ese nuevo futuro... Sólo el frío le preocupó. Claro que también pudo ser una manera de no enfrentar la realidad, la que se le venía encima; y al centrar toda su preocupación en algo tan concreto, tan material, tan simple y lejano en el tiempo, evitaba la responsabilidad de evalúar las consecuencias. Lo cierto es que estaba dando un sí rotundo: daba por sentado que se iban y que necesitarían esas cosas en su nueva vida.
Pero aquéllo provocó una discusión. El no lo entendió así. Tampoco era raro. En los últimos años no hacía falta un motivo para discutir. Lo cierto es que prácticamente era la única manera que tenían de comunicarse. Y si no discutían pues hablaban del tiempo, de si les había gustado la peli de la noche o de qué habían comido los niños hoy.
Pero lo cierto es que la semilla ya se había plantado, y empezaba a germinar. Como cuando eres niño y te dan el vasito de plástico ese con el algodón húmedo y una judía. Te pasas varios días mirándolo cada dos por tres sin ver ningún cambio. Bueno, que la piel de la judía se arruga un poco. Pero no sucede nada. Aparentemente.
Así pasaba ahora. Nada había cambiado. Todo seguía igual. Pero sus mentes, aunque por separado, iban haciendo su cábalas, organizando el trabajo o la mudanza, trazando planes para encarar esa nueva vida, soñando cómo sería...
Sí, la semilla estaba plantada.
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