Todos los años me ocurre lo mismo. Cuando llega el verano y aún veo claridad en el horizonte, allí a lo lejos, un leve resplandor. Miro la hora, ¡¡las once de la noche!! Siempre me asombro, me sorprendo. Todos los años me siento triste cuando pasa el solsticio, pienso que a partir de ahí los días vuelven a ser más cortos y a mí me gustan el sol y la luz.
Pero este año no es exactamente igual. He pasado el que creo ha sido el peor y mejor invierno de mi vida. Peor porque llevo muy mal los cambios, sobre todo los que se refieren a mi persona. Y éste ha sido un periodo de lo más metamórfico. Pero ha sido de lo más gratificante. Poder disfrutar de la naturaleza, de mis cielos estrellados (¿míos? ya estoy con el posesivismo) y de esas frías mañanas plagadas de mini arcoiris en cada cristal de escarcha. He encontrado buenos amigos, personas generosas y de gran corazón. Algunas son incluso desconocidas...
Y he pasado días maravillosos y días auténticamente nefastos. ¿Por qué? Porque me gustan las montañas rusas. Toda mi vida está en una de ellas: subidas lentas y costosas, caídas al vacío repentinas a velocidades de vértigo, periodos oscuros, otros radiantes; siempre subiendo y bajando y sintiéndome así, como en una montaña rusa, llevada de un lado a otro y sin poder hacer nada, sin ningún control sobre la situación.
Pero he decidido cambiar, ponerle fin a este desvarío. Quiero tomar las riendas y ser yo quien conduzca. Y para llegar a esta conclusión, he vuelto a pasar un verano nefasto (con alguna dulce sorpresa en el camino). Estoy en el camino correcto. Sólo pido a Dios no olvidarme de cuál es, no volver a dormirme. Quiero seguir estando despierta y viva para hacer todo lo que me queda pendiente en esta vida. Y es mucho.
¿Quieres acompañarme?
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