Hoy he visto el mar. Es 30 de noviembre y el agua estaba helada. He dejado que lamiera mis pies, que mojara mis brazos, que salara mis labios, que refrescara mis piernas... Un par de grados más de temperatura ambiente y me habría bañado. No estaba más fría que el agua de la charca en septiembre. Hoy he descubierto otra playa diferente. Acostumbrada al bullicio de julio, al calor agobiante de agosto, al gentío, a ese mar multicolor de sombrillas, tumbonas, bikinis y bañadores, a ese sol alto cayendo con justicia sobre todos los incautos que no estén a la sombra, hoy he descubierto la otra playa.
Grande, inmensa, brillante, con un sol pálido y apático, una luz también pálida, más blanca de lo habitual (de lo conocido). Ciertamente me ha asombrado ver ese mar en calma, inmenso, enorme, sin bañistas ni motos de agua, sin patines de pedales ni yates al fondo. Sólo agua, una inmensidad de agua en calma. Hoy habría sido un magnífico día para ver amanecer. No desespero, algún día lo veré y escribiré sobre ello.
Un momento perfecto: los pies hundiéndose en la arena, ésta arrastrada por el agua, la espuma de las olas volviendo al mar desgajada y hecha jirones. Pequeñas conchas y piedras, parcialmente enterradas, creando surcos de formas caprichosas. Diminutos granos de arena birllando como si fueran polvo dorado, en un afán por imitar a su amado Astro Sol.
Y de fondo las risas de mis hijos jugando a que les cogen las olas, los grititos de Ruth perforando tímpanos, la risa franca, sincera y abierta de Alvaro, expulsando todo el aire de los pulmones para llenarlos de nueva vida. Y Lucía, tan pequeña y ya tan vergonzosa, sin querer que se le vean las bragas, estirándose la camisa una y otra vez, hasta que, ¡por fin!, se ha olvidado; y ha reído, corrido y gritado como sus hermanos.
Un momento perfecto, sí señor. Pero es una ciudad, y grande. Y ya no me gustan. A pesar de las tiendas, la peluquería, los bares y restaurantes y tantas cosas como ofrece, allí no se ven las estrellas, allí no existe el silencio. No, he vuelto a casa. Mal expresado: he vuelto a CASA, a MI HOGAR. Y no son las cuatro paredes: es el olor a leña ardiendo en las chimeneas, el reloj de la plaza dando la hora, los perros del Chifla ladrando a lo lejos, el cielo infinitamente estrellado y, sobre todo, por detrás de todo eso, el silencio. Se acerca el invierno y el silencio se echa encima, lentamente, despacio, pero inexorable.
Hoy he visto el mar y he vuelto a casa. En este instante, soy feliz, inmensamente feliz.

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